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El pasado 13 de noviembre nuestro grupo vivió uno de los mejores días en todo lo que llevamos de curso. Fue como conocernos por primera vez, descubrir algo nuevo de cada persona del grupo o incluso, empezar a conocer a esa persona con la que llevamos un año entero sentándonos a su lado.
Nos encontramos todos en las Dehesas, unos antes otros después, pero al fin y al cabo, todos estábamos allí. Empezamos nuestra ruta en la calzada romana, pero… ¿Qué os voy a contar si lo vivisteis conmigo? Recordáis perfectamente la ruta y lo cuesta arriba que fueron los primeros kilómetros. Menos mal que paramos a descansar para coger aliento. Miento, paramos a escuchar. Los pájaros, la brisa, de lejos los coches de alguna carretera, un grupo de niños, las risas del de al lado, a los perros bebiendo…. Y principalmente escucharnos a nosotros mismos, lo a gusto que estábamos, lo bien que nos sentíamos a la vez que curiosos, intrigados y asombrados por todo esto de pararnos a escuchar ya que no solemos hacerlo a menudo y se descubren muchas cosas que nos rodean.
La marcha a partir de aquí fue más amena, fue un trayecto que hicimos todos juntos, sin separarnos mucho ya que nadie se quería quedar atrás y nadie quería ir muy por delante. Subíamos sin darnos cuenta ya que íbamos hablando, observando, conociéndonos… Hasta el primer mirador, el mirador de los Gitanos donde pudimos disfrutar de las vistas al otro lado del valle. Un bosque completamente teñido de los colores otoñales, árboles dibujados cómo si de una pintura con acrílicos se tratase: verdes, naranjas y amarillos se mezclaban formando una composición preciosa.
No nos detuvimos mucho pues la parada larga la queríamos hacer más adelante, en la explanada. Allí fue donde ya aprovechamos para dejarnos caer, reponer fuerzas con un aperitivo y disfrutar de la compañía. Y tampoco me voy a alargar mucho, sólo decir que deberíamos jugar juntos más a menudo. Llegó el momento de retomar la marcha. El camino aquí empezaba a bajar y todo fue mucho más ameno s cabe que antes. Breve parada en el reloj de sol, tan breve que alguno casi ni se enteró de que ahí estaba el reloj y a buen ritmo hasta Los Miradores, donde la vista era espectacular. Era como ver toda la comunidad de Madrid a vista de pájaro. El brillo de las cuatro torres, las vías de tren. Los distintos pueblos de la Sierra, una presa, dos pantanos, un montón de aves y alguna que otra granja. Comimos disfrutando de las vistas, estuvimos un rato de sobremesa y viendo que la hora se nos echaba encima nos volvimos a poner en marcha. La bajada ya fue cada uno a su ritmo, íbamos más desperdigados, más tranquilos y mucho más cómodos unos con otros. El camino era estrecho, bajo la sombra de los árboles y pisando continuamente las raíces de los árboles. Así hasta llegar a una amplia dehesa donde los primeros en llegar, que habían ido por un fuera de pista, esperaron a los que iban más despacio disfrutando del camino.
 

Este día no fue sólo una salida sino un día de grupo donde todos nos llevamos algo de cada uno de nuestros compañeros y ahora, un poco más amigos:
La personalidad de Álvaro con su gracioso sombrero, los cuidados de Cristina con los perros de la expedición, el palo selfie de Adrián, las palmas y sonrisas constantes de Nacho, los conocimientos de Lucía sobre setas y los brincos de Fran de roca a roca. Víctor nos enseñó que las vistas se disfrutan más si a la vez te fumas un cigarro y Guille que hay que saber elegir bien la roca para sentarte y poder ver todo. Las bromas de Jorge, los comentarios sagaces de Marta, la ingenuidad de María de la Cruz y la naturalidad y espontaneidad de Carlota. Las ganas de hacer grupo jugando de Sergio, las risas de Sara, el postureo de Javi y las fotos de Rebeca. Nos llevamos también la visión didáctica de la excursión de María Ocaña, que al saber que andaríamos por una calzada romana se puso unos pantalones acorde con la ocasión. Las miradas observadoras y curiosas de Andrea Jordán, siempre con ganas de disfrutar aprendiendo, las trenzas de Marina, la compañía y detalles de Irene con cada uno de nosotros y la dulzura de Esti. Además de la confianza de Pilar que siempre tiene un rato para escucharnos, las canciones y confianza de Paula Monjo y la sencillez de Andrea Sancho. Las ganas que le pone Paula Martín a todo y la compañía francesa de Manon.
Sin olvidarnos de Cristian y Nair, que hubiesen disfrutado de este día como niños. Y por supuesto mencionar el sentido del humor de Pilar Relaño, cuando nos tiraba piñas y miraba para otro lado, las incansables historias de Mónica y el espíritu aventurero de Manuel Cañizares, siempre actualizado de aplicaciones para cualquier ocasión.
Fue un gusto compartir este día con vosotros. Volvimos todos radiantes porque creo, que ha sido una de las pocas veces que nos hemos sentido como lo que somos, un grupo estupendo.   
 

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