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Albor Kikuyu

Y amaneció. Se despertó el día, la luz se hizo ver entre las oscuras nubes de estas tierras, el viento se congeló tras una noche estruendosa golpeando en los tejados, los primeros seres como brotes frescos colorearon el paisaje, las garzas con su fuerte lamento y el sol como el rey de la mañana daba a cada uno su fortaleza, tímido hacía su entrada para hacerse poderoso entre la brisa dando lugar al alba.


La mañana en Karemeno se figuraba en una lucha de la naturaleza, muy pareja a la aurora de nuestro grupo. Cada uno su función, como un entramado de arañas, se disponían a sus quehaceres contra perezas y fatigas. Continuaban así su gran tarea.


La pesada y eterna arena, las piedras en sus distintas vertientes y el grisáceo polvo, los compactaba en una argamasa perfecta que servía de una base ya terminada tras jornadas de labor. Siempre hay debilidades, aunque los cimientos son sólidos, necesitan horas de soledad, vientos para la erosión, aguas tibias y molestas para su perfecta composición. Igual que los miembros añoran a sus seres, roces entre piedras que provocan chispas, la construcción de la casa se unía a la de la comunidad. Bien sabemos que es necesario todo, en esa debilidad nace nuestra fuerza, la ocasión para conocernos, amar a quiénes tenemos y contemplar el regalo que nos hace la vida.


Se reparten sus hilos, unos con sus talentos llevan a las perlas del lugar, los niños, para cuidarlas en salud atravesando caminos hundidos y escabrosos, otros refuerzan el entramado con juegos, cantos y bailes, una niña lucha por correr aun sabiendo que no ganará la carrera, pero su esfuerzo es más valioso que el mejor corredor del país, unos ojos grandes dilatados por la pobreza agitan el corazón, maestros que con maderas y delgadas tizas calculan, leen y cantan, mujeres anónimas como Grace que con sudor y sin logros humanos elaboran deliciosos sabores.


La mañana kikuyu se hace estable, el grupo es consciente de pertenecer a la tierra que le ha acogido, la misma sangre corre por sus venas y sus sonidos ya le son familiares. Los cimientos ya son sólo una roca poderosa a la espera del tiempo, sea cálido o brumoso como las colinas verdes del Aberdare. Pero finalmente la luz aparece, rompe la tiniebla, el gris del cielo y muestra su cara más amable de la vida, seres escondidos en parques inmensos, el agua se arrastra con virtud luciéndose en una caída como las grandes telas de los moradores.


El despertar se ha hecho presente y avanza muy presto hacia la tarde, la mitad del camino recorrido y en sus días pasados nos invaden sensaciones que no volverán a repetirse. Muy decididos continuamos, pues el tiempo no perdona en Karemeno.

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